Te fuiste por un trabajo, por amor, por curiosidad o porque no quedaba otra. Quizá todo ha salido bien: tienes casa, trabajo, incluso amistades nuevas. Y aun así, a veces algo duele. Un olor que te lleva a casa. Una canción. Un cumpleaños al que llegas por videollamada.
Eso tiene nombre: duelo migratorio. Es la despedida, muchas veces silenciosa, de todo lo que dejas atrás al emigrar. Y no es una sola pérdida, son muchas a la vez:
- Tu gente: la familia, las amistades de siempre, los abrazos sin tener que tomar un avión.
- Tu idioma: ese en el que no tienes que pensar para decir lo que sientes.
- Tus costumbres: los horarios, las comidas, el humor que aquí no siempre se entiende.
- Tu tierra: el paisaje, el clima, la luz.
- Tu lugar: lo que eras allí, tu trabajo, tu forma de moverte por el mundo.
Hay algo que lo hace distinto a otros duelos: lo que dejaste sigue ahí. Por eso vuelve con cada visita, con cada despedida en el aeropuerto, con cada noticia que te pierdes.
Sentirlo es normal. No significa que hayas elegido mal ni que no sepas adaptarte. Significa que lo que dejaste te importa. Se hace más pesado cuando se vive en soledad, sin nadie con quien compartirlo.
Quizá te reconozcas en algo de esto
- Te sientes sin red, aunque tengas gente alrededor.
- Vives con la cabeza en dos sitios y no terminas de estar en ninguno.
- Idealizas lo que dejaste o, al contrario, prefieres no pensar en ello.
- Duermes peor, estás más irritable o más triste de lo habitual.
- Pasan los meses y el peso no afloja.
Un espacio en tu idioma
Hablar de esto en tu propia lengua, con alguien que lo entiende, alivia mucho. En terapia damos sitio a ese duelo, sin prisas, y buscamos cómo construir una vida aquí sin dejar de ser tú.
Si te ha resonado, la primera sesión es gratuita. Podemos empezar por ahí.


